
Rey de reyes y Señor de señores

Lección 13
Para el 24 de Septiembre del 2005
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“Te mando ante Dios, que da vida a todas las cosas, y ante Jesucristo, que testificó de la buen profesión ante Poncio Pilato, que guardes el mandato sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, que a su tiempo mostrará Dios, bendito y único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver; a él sea la honra y el imperio por siempre. Amén..” San Pablo (1 Tim.6:13-16) LA ARQUITECTURA DEL FUTURO
“Bueno es que el tiempo sea una construcción" A. De Saint-Exupéry
"Ser es llegar a ser" Paul Tillich
El título de “Rey de reyes y Señor de Señores” lo emplean exclusivamente San Pablo y el apóstol Juan en el Apocalipsis (en dos ocasiones, 17:14 y 19:16), el primero, para aplicarlo a Dios, en tanto, San Juan lo destina a la persona de Jesucristo. En síntesis, ambos integrantes de la divinidad son distinguidos con esa noble y excelsa designación, que en la antigua literatura greco-latina aludía al regreso triunfante de los reyes, especialmente después de una exitosa campaña militar. Por ese motivo y a los fines estrictamente humanos, quien realmente ejercerá el patrimonio y las virtudes de ese nombre, será el Señor Jesucristo cuando regrese en gloria y majestad en las alturas de los cielos. Así, pues, desde la perspectiva humana, la Parusía (1 Cor. 15:23; 1 Tes. 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2 Tes. 2:1,8; Sant. 5:7,8; 2 Ped. 1:16; 3:4,12; 1 Juan 2:28) o “el día del Señor” (1 Cor. 1:8; 5:5; 2 Cor. 1:14; Fil. 1:6,10; 2:16; 1 Tes. 5:2; 2 Tes. 2:2), condensa la esperanza bendita del regreso de Jesucristo, el hecho más relevante, que debe constituirse en el eje dominante o “Señor” de la vida cristiana, ejerciendo una acción suprema en todo momento y circunstancias. En consecuencia, el punto más relevante de esta última lección del trimestre, es cómo hacer para que la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13), se convierta en el centro preponderante de la existencia cristiana. ¿De qué manera se puede instalar la esperanza del Segundo Advenimiento en el corazón del cristiano con fuerte convicción y plena certeza? La esperanza mira hacia adelante, no le fascina el pasado. Tiene vocación de futuro. Para el hombre esperanzado lo más importante de la vida todavía no ocurrió, palpita bajo la sombra de lo que vendrá. La orientación prospectiva de la esperanza moviliza las energías hacia el mañana concebido como algo promisorio, esto es, una organización del tiempo articulado por una cabeza de flecha que galvaniza la existencia en dirección futura. Es el campo construido entre el "ahora" y el "todavía no" —como dicen los teólogos (Moltmann, 1969)— que estructura los valores vitales, da sentido a la existencia (Frankl, 1982; 1991) y determina las metas y los objetivos de la vida. Particularmente, la esperanza en el Segundo Advenimiento se encuentro bajo el signo de la promesa, de una buena nueva, de un kerigma. Es gracias a ella que descubrimos el sentido de nuestra vida, donde encontramos los grandes ejes de la identidad que son las nervaduras de la vida. La esperanza nos pone de cara al futuro, construyendo una orientación productiva de vida, en función de ciertas estructuras temporales prospectivas, que abren los horizontes del porvenir con un carácter propicio, superador o enriquecedor, iluminando los días que nos esperan, ayudándonos a avanzar confiadamente hacia ellos. Denominamos “arquitectura del futuro” (Pereyra, 1997) a la construcción de ese tiempo que se extiende desde el presente al “todavía no”, al desarrollo de esas estructuras temporalizadoras que configuran el carácter, determinan el destino y definen la identidad. Las mismas están compuestas de contenidos actitudinales, cognitivos y conductuales, en diferentes grados y combinaciones, que articulan motivaciones, emociones, sentidos y objetivos. Las formas básicas que destacamos en nuestro libro del año 1997, fueron cinco, organizadas en uno proceso de complejidad creciente y de presentación secuencial. Las mismas son las siguientes: 1) esperas y expectativas; 2) proyectos; 3) objetivos; 4) metas y 5) planes y programas. A esta lista de organizar el futuro, aplicando los conceptos de la lección, agregamos la configuración más importante y excelente, la forma más consumada y elaborada del porvenir, que es la estructura suprema de la esperanza, la “esperanza bienaventurada” del Segundo retorno de Jesucristo a la tierra. En esa sección presentamos una síntesis de las primeras y en la sección siguiente tratamos acerca de la Parusía. Decía Laín Entralgo (1978, 160): “La ‘expectación’ —de ex-spectare, mirar atentamente hacia algo— es la espera cuya actividad queda casi reducida a la consideración atenta de lo esperado”. En ese sentido, las expectativas pueden estar generadas por aspiraciones, deseos, ilusiones o sueños futuros o cualquier impulso que mueve hacia adelante o propende hacia un objeto instalado en el porvenir, quizás todavía indefinido o vago. Por ejemplo, podemos tener la expectativa de “cambiar mi vida espiritual algún día”, pero sin un proyecto ni un plan concreto de cómo hacerlo. Es una forma de esperanza, pero muy simple y primaria; contiene los rudimentos de aquello que Julián Marías (1988) denominó "instalación vectorial[1]" de la condición "futuriza"[2] humana. En este nivel predomina la actitud sobre el pensamiento y el comportamiento. En un segundo nivel, tenemos el “proyecto”. Esta nueva organización prospectiva contiene mayor organización y tiene un carácter más dinámico. Julián Marías lo define, diciendo: "Es lo que se proyecta, se arroja o lanza hacia adelante" (Marías, 1988, 258), una suerte de bosquejo que dibuja en forma imprecisa alguna configuración vital que se pretende alcanzar. Por ejemplo, “voy a estudiar la Biblia”, como proyecto para cumplir la expectativa de “cambiar mi vida espiritual”. Aquí el componente de actitud o vectorial es todavía fuerte, pero se acrecienta el elemento cognitivo o la idea que se persigue, a diferencia de la mera expectativa donde la idea es muy general. Diríamos que el proyecto contiene una mayor depositación de futuro, una mayor capacidad para estructurar algo atrayente como expresión de intereses positivos, que tienen cierta fuerza de producir un trayecto, esto es, un "ir hacia" tal fin. El próximo paso de construcción de la esperanza, lo encontramos en los objetivos, blancos o fines de vida. Ellos son componentes más específicos y concretos, que apuntan a hitos definidos a conseguir Definen prioridades y marcan rumbos. Es más que un proyecto, que como dijimos, tiene un carácter precario y de bosquejo, en proceso de elaboración y cambio. En el objetivo predominan los contenidos cognitivos sobre la actitud y los comportamientos. Siguiendo con el ejemplo del proyecto de “estudiar la Biblia”, el paso siguiente sería conseguir alguien que me enseñe, buscar al pastor para que me de los estudios bíblicos. Es un nuevo avance en la arquitectura del futuro. Por lo general, se parte de objetivos generales, a veces negativos e imprecisos —que pueden equivaler a proyectos—, para ir hacia cosas más específicas, claras y definidas. Un objetivo que se define con claridad se enmarca de un modo positivo y especifica una conducta visible. Cuando se tienen metas se da otro paso en el proceso de organizar el futuro. Las metas suelen ser los medios para alcanzar los objetivos, que están más distantes y lejanos, por lo tanto, las metas son más próximas a la realidad actual. Supone más elaboración y algo más concreto. Las metas deben ser referidas a conductas específicas, como "voy a conseguir el número de teléfono del pastor para acordar una fecha para iniciar los estudios bíblicos" o "el sábado próximo inicio los estudios". Las metas pueden ser a corto o mediano plazo. Cuando son a largo plazo, a nuestro criterio, coinciden con los objetivos. En este nivel de esperanza hay, además de la actitud prospectiva, un pensamiento definido de lo que se quiere y, además, un grado mayor de disposición a la acción, que no aparece en las instancias anteriores. Por último, en este ordenamiento posible del futuro, vienen los planes y programas, que son la organización del tiempo, de los recursos y las condiciones para que las metas y objetivos puedan alcanzarse. Se trata de la representación del camino que hay que transitar para alcanzar las metas. Cuando se hace el plan, por ejemplo, de estudiar la Biblia a partir del próximo sábado, ahora hay que organizar las otras actividades para poder tomar todos los días una hora para leer. Así que se hace la agenda y el horario diario para incluir esa nueva actividad. Los planes son más concretos y precisos, con una ordenación en etapas o fases, estableciéndose ciertas prescripciones de como concretarlos. Por su parte, el programa es todavía más específico, constituyendo la puesta en acción del plan, con un cronograma que puede llegar hasta el horario de cada día y hora. Como puede apreciarse, los planes y programas son estructuras, más cerradas que las instancias anteriores, donde predomina el componente de acción y de conducta.
LA “ESPERANZA BIENAVENTURADA”
“Los que están esperando la manifestación de Cristo en las nubes del cielo con poder y gran gloria, como Rey de reyes y Señor de señores, mediante su vida y carácter procurarán representarlo ante el mundo. "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Juan 3: 3). Aborrecerán el pecado y la iniquidad, así como Cristo aborreció el pecado. Guardarán los mandamientos de Dios, como Cristo guardo los mandamientos de su Padre. Comprenderán que no es suficiente asentir a las doctrinas de la verdad, sino que la verdad debe ser aplicada en el corazón y practicada en la vida, a fin de que los seguidores de Cristo puedan ser uno con El, y que los hombres puedan ser tan puros en su esfera como Dios lo es en la suya.” Elena de White (Fe y Obras, 118-119)
San Pablo es quizás quien adjetiva en forma más bonita la esperanza adventista al calificarla de "bienaventurada” o “feliz", pero también es quien la explica con mayor claridad. Al escribirle a Tito (65 d.C.), obispo de Creta, dice: "Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza[3] y la Manifestación[4] de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Tito 2:11-13, BJ). Se trata, pues, de la promesa de la "manifestación" o "aparición" (Col.3:4; 1 Tim.6:14; Lc.17:30; Rom.8:19; 2 Ts.1:7; 1 Ped.1:5,7,13), "revelación"[5] (Rom.2:5; 1 Cor.1:7; 1 Ped.4:13; Ap.1:1) o "venida[6]" (Mt.24:3,27,37,39; 1 Cor.15:23; 1 Ts.2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2 Ts.2:1,8,9; Stg.5:7-8; 2 Ped.1:16; 3:4,12; 1 Jn.2:28) de Jesucristo a la tierra por "segunda vez... para salvar a los que le esperan" (Heb.9:28). El tema de la esperanza en la segunda venida de Cristo es el punto central de la escatología[7] bíblica, cuya estructura determina la doctrina y, en general, se constituye en el epicentro de toda la teología, como afirma Moltmann (1969). Pero, más allá de sus contenidos teológicos, desde la perspectiva humana de la arquitectura del futuro, la esperanza cristiana trascendente es la forma mas desarrollada de la esperanza e incluso, la que puede dar consistencia y sentido a las otras organizaciones temporales. ¿Por qué es así? Porque además de los componentes de actitud, pensamiento y conducta, la esperanza tiene otra dimensión esencial, que es la trascendencia. Cuando realizamos proyectos, nos ponemos objetivos, o hacemos planes, estamos trascendiendo el momento presente, para lanzarnos al futuro. Pero todas las formas anteriores que mencionamos tienen un carácter condicional y terrena. Son esperanzas mundanas, tienen fecha de vencimiento, aún las que se proyectan más lejos en el tiempo, ya que están atadas a la duración de la existencia. Por eso, a medida que se envejece las esperanzas humanas van decreciendo, encogiéndose juntamente con el tiempo de vida que resta. ¿Qué expectativas, proyectos, metas o planes puede hacer un paciente terminal? ¿Allí se terminan toda esperanza? No, sobrevive la esperanza más pura y elevada, la “esperanza bienaventurada”, la esperanza en la resurrección de los muertos y la vida eterna. Esa es la gran diferencia de la “esperanza bienaventurada” y las esperanzas mundanas. Pero, ¿por qué decimos que es la esperanza por excelencia, la forma más pura y excelsa? Porque la esperanza, por definición debe ser incondicional e ilimitada, debe trascender toda frontera y abrir la puerta de toda posibilidad. Si la esperanza está obstruida por la muerte y no puede superar la barrera de la finitud, estamos ante una pobre esperanza. Eliminar de la esperanza los contenidos de fe y trascendencia es desvirtuar su naturaleza y esencia. Estos componentes son indispensables para conservar la coherencia lógica de su sustancia conceptual. Ahora bien, aceptando estos elementos integradores de su entramado estructural, estimamos que la "esperanza bienaventurada" en la creencia adventista del retorno de Jesucristo a la tierra para resucitar a los muertos e inaugurar la eternidad futura, es la mejor configuración de esperanza posible y consumada. Paul Ricoeur ha dado una de las más bellas definiciones de la esperanza cuando ha escrito: “es la potencia de lo posible y la disposición del ser a lo totalmente nuevo. La libertad según la esperanza, expresada en términos psicológicos, no es otra cosa que esta imaginación creadora de lo posible” (1976, 147). Es llamativo que de las 32 veces que aparece la palabra "posible" (δυvατός[8]) en el Nuevo Testamento 13[9] están referidas al "poder" (de igual raíz que "posible") de Dios (o de Jesucristo) y a su capacidad para hacer "todo posible", especialmente en quienes creen en Él (5 veces[10]). Varias veces se repite en los Evangelios: "Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios" (Lc.18:27; ver Mt.19:26, Mr.10:27; 14:36). Pero insólitamente, la Biblia avanza al punto de llegar a destrozar todo condicionamiento y abrir todo horizonte humano, cuando declara: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible" (Mr.9:23). La “esperanza bienaventurada” es esa categoría de lo posible, sin límites, que pulveriza toda imposibilidad humana, para avanzar a eso tan increíble para la razón humana, que es “locura” para los griegos, pero “poder” (o dunamis) de Dios para el creyente (1 Cor.1:24). Por eso, cuando se pronuncia la palabra de la fe estallan todas las fronteras, se aniquilan todos los imposibles, no hay tumba que detenga, "Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? —exclama Pablo triunfante—, ¿Dónde, oh sepulcro tu victoria?" (1 Cor.15:55). Es la fiesta de la alegría exultante de la vida victoriosa, de la liberación del principal opresor del hombre, la muerte. Así la promesa se actualiza en la nueva dispensación de la gracia divina con la esperanza del florecimiento eterno. La “esperanza bienaventurada” sabe de sus limitaciones, conoce que esta avanzando más allá de la realidad por el país de lo todavía no es existente, es consciente que no puede creer en las fantasías idealizadas del deseo omnipotente ni en un Dios Todopoderoso, que se niega a ser apresado entre los parámetros del pensamiento humano o de la ciencia experimental. Pero, esas restricciones no atan a la auténtica esperanza. Ella no es incrédula ni se fija límites a su capacidad de trascendencia. Si hay algo que realmente sabe es que ‘todo es posible para el que cree’. Por eso San Pablo proclama con entusiasmo: ‘Todo lo puedo en Cristo que me fortalece’ (Fil.4:13). Esa es la otra nota insoslayable, ‘en Cristo’. La esperanza, entonces, adquiere la forma de la confianza en Aquel que es la Palabra ("logos") que fue desde el ‘principio’ (Jn.1:1) y por el cual ‘todas las cosas fueron hechas’ (Jn.1:3), ‘el Alfa y la Omega, principio y fin, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso’ (Ap.1:8; ver 21:6 y 22:13)". El exégeta católico Kuss interpreta este fenómeno de convicción íntima en el poder de Dios, diciendo: "Dios nos ha dado el Espíritu y con él la plenitud de la certeza... La esperanza viva del creyente nace de la certeza del amor de Dios, creada en el hombre por Dios mismo... La esperanza no engaña, porque el Espíritu, dado por Dios, crea en nuestros corazones la plenitud de la certeza de ser amados por Dios" (Citado, Alfaro, 1972, 61).
Referencias bibliográficas
Notas
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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