Notas de Elena White

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Señor de nuestro hablar

Lección 5

Para el 30 de julio de 2005


 

Sábado 23 de Julio

Las palabras impetuosas siembran semilla que producen una mala cosecha que nadie querrá recoger. Nuestras palabras afectan nuestro propio carácter, pero aun más poderosamente el carácter de otros. Sólo el Dios infinito puede medir el daño que se hace con las palabras descuidadas. Esas palabras brotan de los labios, y quizá no tengamos la intención de hacer daño alguno. Sin embargo, son el índice de nuestros pensamientos íntimos, y dan resultados que favorecen el mal. ¡Cuánta desdicha se ha producido en el círculo familiar al hablar palabras irreflexivas y crueles! Las palabras ásperas causan encono en la mente quizá durante años, y nunca pierden su efecto doloroso. Como cristianos debiéramos considerar la influencia que tienen nuestras palabras en las personas con quienes nos relacionamos, ya sean creyentes o no. Se observan nuestras palabras, y se hace agravio con expresiones irreflexivas. Ningún trato posterior con creyentes o incrédulos contrarrestará del todo la impresión desfavorable de palabras irreflexivas y necias. Nuestras palabras dan evidencia del tipo de alimento que nutre el alma (Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1178).

Cuando el pueblo de Dios coloque el don del habla bajo la influencia y el control del Espíritu Santo, miles escucharán el mensaje de que Dios es amor; que “de tal manera amó... al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). Su corazón de amor infinito abraza a cada ser humano. Su amor es un manantial inextinguible de gozo y paz. Es tan permanente como la eternidad. Es la fuente abierta para Judá y Jerusalén. Cada alma puede ser satisfecha con su provisión inagotable. Este amor es la vida de Dios, que obra con poder transformador en el alma, perfeccionando el carácter cristiano y haciendo partícipes a los seres humanos de la naturaleza divina. A través de Cristo, esta corriente viva de amor y vida fluye al mundo (Alza tus ojos, p. 127).

 

Domingo 24 de Julio

Pronunciar palabras de alabanza a Dios

 

El Señor desea que apreciemos el gran plan de la redención, que comprendamos nuestro elevado privilegio como hijos de Dios, y que caminemos delante de él en obediencia y agradecimiento. Desea que le sirvamos en novedad de vida, con alegría cada día. Anhela que la gratitud brote de nuestro corazón porque nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero, porque podemos poner todos nuestros cuidados sobre Aquel que cuida de nosotros. El nos ordena que nos regocijemos porque somos la herencia del Señor, porque la justicia de Cristo es el manto blanco de sus santos, porque tenemos la bendita esperanza de la pronta venida de nuestro Salvador. El alabar a Dios de todo corazón y con sinceridad, es un deber igual al de la oración. Hemos de mostrar al mundo y a los seres celestiales que apreciamos el maravilloso amor de Dios hacia la humanidad caída, y que esperamos bendiciones cada vez mayores de su infinita plenitud. Mucho más de lo que hacemos, debemos hablar de los preciosos capítulos de nuestra vida cristiana. Después de un derramamiento especial del Espíritu Santo, aumentarían grandemente nuestro gozo en el Señor y nuestra eficiencia en su servicio, al repasar sus bondades y sus maravillosas obras en favor de sus hijos (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 240, 241).

A medida que usted ofrece sus ofrendas de agradecimiento, Dios es glorificado, y le da más. A medida que usted rebosa de agradecimiento, él le da más gozo. Aprendemos a alabar a Dios, de quien provienen todas las bendiciones. ¿No comenzaremos aquí, hoy, a dar vuelta la página y a olvidar nuestras murmuraciones, quejas y críticas y a dominar la lengua para decir palabras corteses, y palabras amantes, y palabras de simpatía, y a expresar tierna bondad por cada uno de sus hijos? (Reflejemos a Jesús, p. 277).

Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas. Para nuestro propio beneficio, debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que podamos leer acerca de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará raudamente; su luz nacerá en la oscuridad, y la gloria de Dios la acompañará (El ministerio de curación, pp. 67, 68).

Alabad a Dios. Permitid que vuestra conversación, música y cantos alaben al que hizo tanto por vosotros. Alabad a Dios en este mundo, y luego estaréis preparados para uniros al coro celestial al entrar en la ciudad del Señor. Entonces echaréis vuestras coronas resplandecientes a los pies de Jesús, tomaréis las arpas de oro, y henchiréis el cielo de melodías. Lo alabaremos con lenguaje inmortal. Al conducirnos nuestro Redentor al umbral de lo infinito, inundado con la gloria de Dios, podremos comprender los temas de alabanza y acción de gracias del coro celestial que rodea al trono, y al despertarse el eco del canto de los ángeles en nuestros hogares terrenales, los corazones serán acercados más a los cantores celestiales. La comunión con el cielo empieza en la tierra. Aquí aprendemos la clave de su alabanza. Alabad al Señor; hablad de su bondad; dad a conocer su poder. Embelleced el ambiente que rodea vuestra alma... Alabad con vuestra voz, alma y corazón, al que es el salvamento delante de ti, el Salvador y Dios tuyo (Dios nos cuida, p. 47).

 

Lunes 25 de Julio

Hablar con gracia

 

“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6). La cortesía es una de las gracias del Espíritu. Es un atributo del cielo. Los ángeles nunca montan en cólera, nunca son envidiosos o egoístas. Ninguna palabra dura o áspera sale de sus labios. Si hemos de ser compañeros de los ángeles, también debemos ser refinados y corteses. La verdad de Dios tiene el propósito de elevar al que la recibe, refinar su gusto y santificar su juicio. Ningún hombre puede ser cristiano sin tener el espíritu de Cristo, y si tiene el espíritu de Cristo lo manifestará con una disposición refinada y cortés. Su carácter será santo, sus modales gentiles, sus palabras sin engaño. Cultivará el amor que no se irrita, que es tolerante y paciente, que espera todas las cosas y soporta todas las cosas...

Los que profesan ser seguidores de Cristo y a la vez son rudos, poco amables y descorteses en palabra y conducta, no han aprendido de Jesús... La conducta de algunos que se dicen cristianos es tan falta de bondad y cortesía que lo mejor que hacen da la apariencia de mal. No puede ponerse en duda su sinceridad, ni cuestionarse su rectitud; pero la sinceridad y la rectitud no expiarán la falta de bondad y cortesía. El cristiano debe mostrar simpatía además de ser veraz, y debe ser compasivo y cortés a la par que correcto y honrado... La verdadera cortesía, mezclada con la verdad y la justicia, hace la vida no sólo útil, sino hermosa y fragante. Las palabras bondadosas, la apariencia amable, un rostro alegre dan un encanto al cristiano que hace su influencia casi irresistible. En el olvido del yo, en la luz, la paz y la felicidad que está constantemente impartiendo a otros halla el verdadero gozo. Olvidémonos del yo tratando siempre de alegrar a otros, de aliviar sus cargas mediante actos de tierna bondad y hechos de amor abnegado. Dejad sin pronunciar esa palabra descomedida; que la desconsideración egoísta de la felicidad de los demás dé lugar a la amante simpatía. Estos actos de consideración y cortesía que comienzan en el hogar y se extienden mucho más allá de sus límites, llegan a constituir la esencia de la felicidad de la vida (En lugares celestiales, p. 180).

 

Martes 26 de Julio

Hablar la verdad con amor

 

Al tratar de corregir o reformar a otros, debiéramos cuidar nuestras palabras. Ellas serán un sabor de vida para vida o de muerte para muerte. Al dar reprensiones o consejos, muchos se permiten un lenguaje mordaz y severo, palabras no apropiadas para sanar el alma herida. Por estas expresiones imprudentes se crea un espíritu receloso, y a menudo los que yerran son incitados a la rebelión. Todos los que defienden los principios de verdad necesitan recibir el celestial aceite del amor. En toda circunstancia la reprensión debe ser hecha con amor. Entonces nuestras palabras reformarán, sin exasperar. Cristo proporcionará por medio de su Espíritu Santo la fuerza y el poder. Esta es su obra.

No debiera pronunciarse imprudentemente ninguna palabra. Ninguna conversación maliciosa, ninguna charla frívola, ninguna expresión de descontento o insinuación impura escapará de los labios del que sigue a Cristo. El apóstol Pablo, al escribir inspirado por el Espíritu Santo, dice: “Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca”. Esto quiere significar no sólo palabras viles, sino cualquier expresión contraria a los santos principios y a la pura e inmaculada religión. Incluye las sugestiones impuras y las ocultas insinuaciones al mal. A menos que éstas sean resistidas inmediatamente, conducirán a pecados mayores. Sobre cada familia, sobre cada cristiano individual, descansa el deber de cerrar el camino a las conversaciones impuras. Cuando estamos en compañía de aquellos que se permiten una conversación frívola, es nuestro deber cambiar, si es posible, el tema. Con la ayuda de la gracia de Dios debiéramos tranquilamente dejar caer una palabra o introducir un tema que cambie el giro de la conversación hacia un cauce provechoso (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 271, 272).

“Somos colaboradores de Dios”. Él nos proporciona todos los medios, todas las armas espirituales necesarias para la destrucción de las fortalezas de Satanás. Presentad la verdad tal como es en Jesús. Que los tonos de vuestra voz expresen el amor de Dios. Conducid, pero nunca forcéis. Tratad al más obstinado con un espíritu de bondad y afecto. Sumergid vuestras palabras en el óleo de la gracia y que fluyan de vuestros labios con amor (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1089).

La única manera de restaurar a los que han cometido errores es por medio de un espíritu de humildad, bondad y tierno amor. Sea cuidadosa con sus modales. Evite todo lo que en la apariencia y en el gesto, en la palabra o en el tono de voz, cause la impresión de orgullo o suficiencia propia. Evite toda palabra o mirada que podría exaltarla o establecer un contraste entre su bondad y justicia y las faltas de ellos. Aléjese lo más que pueda del desdén, el insulto o el desprecio. Evite cuidadosamente toda apariencia de enojo; y aunque su lenguaje sea claro, que no haya en él ni reproches, ni acusaciones injuriosas, ni señal de ira, sino más bien de sincero amor. Sobre todo, que no haya ni sombra de odio, ni mala voluntad, ni amargura en la expresión. Nada fuera de la bondad y la amabilidad pueden fluir de un corazón lleno de amor. Sin embargo, ninguno de esos preciosos frutos puede impedirle hablar en la forma más seria y solemne, como si los ángeles la estuvieran escuchando, y usted estuviera actuando con relación al juicio venidero. Recuerde que el éxito de la reprensión depende en gran medida del espíritu con que se la da. No descuide la oración ferviente para que pueda poseer una mente humilde, y los ángeles de Dios puedan ir delante de usted para obrar en los corazones que usted está tratando de alcanzar, con el fin de suavizarlos mediante impresiones celestiales, de modo que sus esfuerzos puedan dar resultados. Si algún bien se hace, no se adjudique el crédito. Sólo Dios lo ha hecho todo (Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 48, 49).

 

Miércoles 27 de Julio

Hablar con el poder del Espíritu

 

Todos los que deseen tener una oportunidad de ejercer un verdadero ministerio, y que quieran entregarse sin reserva a Dios, hallarán en el colportaje oportunidades de hablar de las muchas cosas concernientes a la vida futura e inmortal. La experiencia así ganada será del mayor valor para los que se están preparando para el ministerio. Es el acompañamiento del Espíritu Santo de Dios lo que prepara a los obreros, sean hombres o mujeres, para apacentar la grey de Dios. Mientras alberguen el pensamiento de que Cristo es su compañero, sentirán una reverencia santa, un gozo sagrado en medio de los incidentes penosos y de todas las pruebas. Aprenderán a orar mientras trabajen. Serán educados en la paciencia, la bondad, la afabilidad y el espíritu servicial. Practicarán la verdadera cortesía cristiana, recordando que Cristo, su Compañero no puede aprobar las palabras duras ni los sentimientos adustos. Sus palabras serán purificadas. Considerarán la facultad del habla como talento precioso, que les ha sido prestado para hacer una obra elevada y santa. El agente humano aprenderá a representar al Compañero divino con el cual está asociado. Manifestará respeto y reverencia hacia este Ser santo e invisible, porque lleva su yugo y aprende sus modales puros y santos. Los que tienen fe en este Acompañante divino se desarrollarán. Serán dotados de poder para revestir el mensaje de verdad con una belleza sagrada (Joyas de los Testimonios, t. 2, p. 541).

El verdadero predicador presenta a Jesús como la única esperanza del pecador. Si se humilla a sí mismo y aprende de Cristo, sus labios serán tocados con el carbón encendido del altar y sus palabras serán una realidad viviente para él mismo y para otros. Aquellos que lo escuchen sabrán que ha estado con Jesús y que se ha acercado a él en oración ferviente y efectiva. El Espíritu Santo descenderá sobre él y su alma será revestida del poder y del fuego celestial que le permitirá acomodar lo espiritual a lo espiritual, derribar la fortaleza de Satanás, y preparar los corazones para que pregunten: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Review and Herald, abril 15, 1902).

Bajo la lluvia tardía, a veces serán puestas a un lado las invenciones del hombre y la maquinaria humana. Las fronteras de la autoridad del hombre serán como cañas quebradas, y el Espíritu Santo hablará mediante el vivificado agente humano con poder convincente. Ninguno vigilará para ver si las frases están bien expresadas y si la gramática es intachable. El agua viva fluirá por los propios canales de Dios... Estoy segura de que hay un cielo lleno de los tesoros más ricos y duraderos que serán concedidos libremente a todos los que se apropien de ellos, y que, una vez enriquecidos, sus seguidores los impartirán libremente a otros. Yo sé que esto es verdad (Recibiréis poder, p. 326).

 

Jueves 28 de julio

Evitar las malas comunicaciones

 

El don del habla es uno de los grandes dones de Dios. Las palabras son el medio mediante el cual se comunican los pensamientos del corazón. Con las palabras consolamos y bendecimos, suavizando el alma magullada y herida. Con las palabras podemos dar a conocer las maravillas de la gracia de Dios. Con la lengua también podemos pronunciar cosas perversas, hablando palabras que muerdan como una víbora. La lengua es un miembro pequeño, pero las palabras que formula tienen un gran poder. El Señor declara: “Ningún hombre puede domar la lengua”. Ella ha puesto a nación contra nación, y ha provocado guerras y derramamientos de sangre. Las palabras han encendido fuegos muy difíciles de apagar. También han llevado gozo y alegría a muchos corazones. Y cuando se hablan palabras porque Dios ha dicho “hablad-les a ellos mis palabras”, muchas veces han sido la causa de que la tristeza se convierta en arrepentimiento.

De la lengua no santificada, el apóstol Santiago escribe: “La lengua es un fuego, un mundo de maldad. Se halla entre nuestros miembros, contamina todo el cuerpo, inflama el curso de la naturaleza, y es inflamada por el infierno”. Satanás pone pensamientos en la mente que el cristiano nunca debiera pronunciar. Los insultos despreciativos, el lenguaje apasionado y amargo, las acusaciones crueles y llenas de sospechas, provienen de él. ¡Cuántas palabras se hablan que dañan al que las dice y a los que las escuchan! Las palabras duras golpean el alma, despertando sus peores pasiones.

Los que hacen mal con su lengua, los que siembran discordia mediante palabras egoístas y llenas de celo, entristecen al Espíritu Santo; porque ellas están en pugna con los propósitos de Dios. Viendo el apóstol la inclinación a abusar del don de la palabra, nos presenta orientaciones concernientes a su uso. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca —dice él— sino la que sea buena para edificar”. La palabra “corrompida” significa aquí, cualquier palabra que haga una impresión en detrimento de los santos principios y la religión sin mancha; cualquier expresión que pudiera eclipsar la visión de Cristo, y borrar de la mente la verdadera simpatía y el amor. Esto incluye alusiones impuras que, a menos que se resistan inmediatamente, conducen a un gran pecado. A todos se nos ha dado el deber de obstruir el camino a toda comunicación corrupta...

Guarde bien el talento del habla; porque es un tremendo poder para el mal, así como para el bien. Nunca podrá ser usted demasiado cuidadoso de lo que dice; porque las palabras que usted pronuncia, demuestran cuál es el poder que controla su mente. Si Cristo reina allí, sus palabras revelarán la belleza, la pureza y la fragancia de un carácter formado a su voluntad. Pero si usted está bajo la dirección del enemigo de todo lo bueno, sus palabras serán eco de sus sentimientos. “Guarda tu lengua de mal, y tus labios de hablar engaño” (Salmo 34:13). La bestia salvaje del bosque puede ser domesticada, “pero ningún hombre puede domar la lengua” (Santiago 3:8). Sólo mediante Cristo podemos ganar la victoria sobre el deseo de hablar palabras precipitadas, faltas de cristianismo. Cuando, mediante su poder, rehusamos pronunciar las palabras que Satanás nos sugiere, la planta de amargura de nuestro corazón se marchita y muere. El Espíritu Santo puede hacer de la lengua, un sabor de vida para vida (La voz: su educación y uso correcto, pp. 21- 23).

 

 


 

 

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