Yahweh e Israel: cumplimiento más allá del fracaso
Lección 13
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La iniquidad de Israel durante el último medio siglo antes de la cautividad asiria, fue como los días de Noé y como toda otra época cuando los hombres rechazaron a Dios y se entregaron por completo al mal hacer. La exaltación de la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza, la adoración de las criaturas en vez del Creador, resultaron siempre en los males más groseros. Asimismo cuando el pueblo de Israel, en su culto de Baal y Astarté, rindió supremo homenaje a las fuerzas de la naturaleza, se separó de todo lo que es elevador y ennoblecedor y cayó fácilmente presa de la tentación. Una vez derribadas las defensas del alma, los extraviados adoradores no tuvieron barrera contra el pecado, y se entregaron a las malas pasiones del corazón humano (Profetas y reyes, p. 211). La ley de los Diez Mandamientos no debe ser considerada tanto desde el punto de vista de las prohibiciones como desde el punto de vista de la misericordia. Sus prohibiciones son la garantía segura de la felicidad mediante la obediencia. Cuando se recibe en Cristo logra en nosotros la pureza de carácter que nos proporcionará gozo a través de los siglos eternos. Para el obediente es un muro de protección. Contemplamos en ella la bondad de Dios, quien, al revelar a los hombres los inmutables principios de justicia, trata de escudarlos contra los males resultantes de la transgresión. No debemos considerar a Dios como quien está a la espera para castigar al pecador por su pecado. El pecador se acarrea su propio castigo. Sus propios actos ponen en movimiento una serie de circunstancias que producen un resultado ineludible. Cada acto de transgresión se refleja sobre el pecador, produce en él un cambio de carácter; y hace más fácil que peque otra vez. Los hombres se separan de Dios al preferir el pecado, se aíslan del canal de bendiciones, y el resultado seguro es la ruina y la muerte. La leyes una expresión del propósito de Dios. Cuando la recibimos en Cristo, se convierte en nuestro propósito y nos eleva por encima del poder de los deseos y las tendencias naturales, por encima de las tentaciones que conducen al pecado (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1085).
Domingo 23 de septiembre: El comienzo de una relación El carácter santo de Josué no ostentaba mancha alguna. Era un sabio dirigente. Su vida estaba totalmente dedicada a Dios. Antes de morir reunió a las huestes hebreas y siguiendo el ejemplo de Moisés recapituló sus peregrinaciones por el desierto y también la obra misericordiosa llevada a cabo por el Señor en favor de ellos. Acto seguido les habló con elocuencia. Les contó que el rey de Moab estaba en guerra con ellos y había llamado a Balaam para que los maldijera; pero Dios no quiso "escuchar a Balaam, por lo cual os bendijo repetidamente". Después les dijo: "Y si malos parece servir a Jehová, escogeos hoya quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová". "Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses; porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, el que ha hecho estas grandes señales y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos". El pueblo renovó su pacto con Josué. Le dijeron: "A Jehová nuestro Dios serviremos, y su voz obedeceremos". Josué escribió las palabras de este pacto en el libro que contenía las leyes y los estatutos dados a Moisés. Recibió el amor y el respeto de todo Israel, y su muerte fue sumamente lamentada (La historia de la redención, pp. 185, 186). El propósito de Dios era impartir ricas bendiciones a todo el mundo mediante la nación judía. Por medio de Israel había de prepararse el camino para la difusión de su luz a todo el mundo. Las naciones de la tierra, al seguir prácticas corruptas, habían perdido el conocimiento de Dios. Sin embargo, en su misericordia, Dios no las rayó de la existencia. Se propuso darles la oportunidad de llegar a conocerlo mediante su iglesia. Quería que los principios revelados por medio de su pueblo fueran los medios de restaurar la imagen moral de Dios en el hombre. Para cumplir este propósito, Dios llamó a Abrahán a salir de su parentela idólatra, y le indicó que morara en la tierra de Canaán. "Haré de ti una nación grande, y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición", le dijo. Los descendientes de Abrahán, Jacob y su posteridad, fueron llevados a Egipto, para que en medio de aquella grande e impía nación pudieran revelar los principios del reino de Dios. La integridad de José y su maravillosa obra al preservar la vida de toda la nación egipcia, fue una representación de la vida de Cristo. Moisés y muchos otros fueron testigos de Dios. Al sacar a Israel de Egipto; Dios manifest6 nuevamente su poder y misericordia. Las obras maravillosas realizadas al librarlos del cautiverio y la forma en que los trató en su viaje por el desierto, no fueron únicamente para el beneficio de Israel. Habían de ser una lección objetiva para las naciones circunvecinas. El Señor se reveló a sí mismo como un Dios que estaba por encima de toda autoridad y grandeza humanas. Las señales y maravillas que realizó en favor de su pueblo mostraban su poder sobre la naturaleza y sobre los más encumbrados adoradores de ella. Dios pasó por la orgullosa tierra de Egipto así como pasará por la tierra en los últimos días. Con fuego y tempestad, terremoto y muerte, el gran YO SOY redimió a su pueblo. Lo sacó de la tierra de esclavitud. Lo guió a través de "un desierto grande y espantoso, de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed". Les sacó agua de " la roca del peñal" y los alimentó con "trigo de los cielos". "Porque -como le dijo a Moisés-la parte de Jehová es su pueblo;' Jacob la cuerda de su heredad. Hallólo en tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña de su ojo. Como el águila despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas: Jehová solo le guió, que no hubo con él dios ajeno". Así los sacó para él, para que pudieran morar bajo la sombra del Altísimo (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 228-230).
Lunes 24 de septiembre: Infidelidad de la novia La apostasía introducida durante el reinado de Jeroboam se fue haciendo cada vez más pronunciada, hasta que finalmente resultó en-la destrucción completa del reino de Israel. Aun antes de la muerte de Jeroboam, Ahías, anciano profeta de Silo que muchos años antes había predicho la elevación de Jeroboam al trono, declaró: "Jehová sacudirá a Israel, al modo que la caña se agita en las aguas: y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y esparcirálos de la otra parte del río, por cuanto han hecho sus bosques, enojando a Jehová. Y él entregará a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, y ha hecho pecar a Israel" (1 Reyes 14:15, 16). Sin embargo, el Señor no abandonó a Israel sin hacer primero todo lo que podía hacerse para que volviera a serie fiel. A través de los largos y obscuros años durante los cuales un gobernante tras otro se destacaba en atrevido desafío del cielo y hundía cada vez más a Israel en la idolatría, Dios mandó mensaje tras mensaje a su pueblo apóstata. Mediante sus profetas, le dio toda oportunidad de detener la marea de la apostasía, y de regresar a él. Durante los años ulteriores a la división del reino, Elías y Eliseo iban a aparecer y trabajar, e iban a oírse en la tierra las tiernas súplicas de Oseas, Amós y Abdías. Nunca iba a ser dejado el reino de Israel sin nobles testigos del gran poder de Dios para salvar a los hombres del pecado: Aun en las horas más sombrías, algunos iban a permanecer fieles a su Gobernante divino, y en medio de la idolatría vivirían sin mancha a la vista de un Dios santo. Esos fieles se contaron entre el residuo de los buenos por medio de quienes iba a cumplirse finalmente el eterno propósito de Jehová (Profetas y reyes, p. 78, 79). Tales fueron algunos de los resultados que tuvo la erección de los dos becerros de oro por Jeroboam. La primera desviación de las formas establecidas de, culto introdujo formas de idolatría aun más groseras, hasta que finalmente casi todos los habitantes de la tierra se entregaron a las' seductoras prácticas del culto de la naturaleza. Olvidando a su Hacedor, los hijos de Israel "llegaron al profundo, corrompiéronse" (Oseas 9:9). Los profetas continuaron protestando contra esos males, e intercediendo porque se hiciese el bien. Oseas rogaba: "Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia; arad para vosotros barbecho: porque es el tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia". "Tú pues, conviértete a tu Dios: guarda misericordia y juicio, y en tu Dios espera siempre". "Conviértete, oh Israel, a Jehová tu Dios: porque por tu pecado has caído... Decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien" (Oseas 10: 12; 12:7; 14: 1,2). Se dieron a los transgresores muchas oportunidades de arrepentirse. En la hora de su más profunda apostasía y mayor necesidad, Dios les dirigió un mensaje de perdón y esperanza. Declaró: "Te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda. ¿Dónde está tu rey, para que te guarde?" (Oseas 13:9, 10) (Profetas y reyes, pp. 211, 212).
Martes 25 de septiembre: Cosechando los frutos de la infidelidad En la obra que desempeñamos por los caídos, han de quedar impresas en el espíritu y en el corazón, las exigencias de la ley de Dios y la necesidad de serie leales. No dejéis nunca de manifestar que hay una diferencia notable entre el que sirve a Dios y el que no le sirve. Dios es amor, pero no puede disculpar la violación voluntaria de sus mandamientos. Los decretos de su gobierno son tales que los hombres no pueden evitar las consecuencias de desobedecerlos. Dios sólo honra a los que le honran. El comportamiento del hombre en este mundo decide su destino eterno. Según haya sembrado, así segará. A la causa ha de seguir el efecto (El ministerio de curación, p. 135). Según las leyes de Dios que rigen en la naturaleza, el efecto sigue a la causa con invariable seguridad. La siega es un testimonio de la siembra. Aquí no hay simulación posible. Los hombres pueden engañar a sus semejantes y recibir alabanza y compensación por un servicio que no han prestado. Pero en la naturaleza no puede haber engaño. La cosecha dicta sentencia de condenación para el agricultor infiel. Y en su sentido superior, esto se aplica también al campo de lo espiritual. El mal triunfa aparentemente, pero no en realidad. El niño que por jugar falta a clases, el joven perezoso para estudiar, el empleado o aprendiz que no cuida los intereses de su patrón, el hombre que en cualquier negocio o profesión es infiel a sus responsabilidades más elevadas, puede jactarse de que mientras la falta permanezca oculta obtiene ciertas ventajas. Pero no es así; se engaña a sí mismo. El carácter es la cosecha de la vida, y determina el destino tanto para esta vida como para la venidera. La cosecha es la reproducción de la semilla sembrada. Toda semilla da fruto "según su género". Lo mismo ocurre con los rasgos de carácter que fomentamos. El egoísmo, el amor propio, el engreimiento, la propia complacencia, se reproducen, y el final es desgracia y ruina. "Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el espíritu, del espíritu segará vida eterna". El amor, la simpatía y la bondad, dan fruto de bendición, una cosecha imperecedera. En la cosecha, la semilla se multiplica. Un solo grano de trigo, multiplicado por repetidas siembras, cubriría todo un terreno de gavillas doradas. La misma extensión puede tener la influencia de una sola vida, y hasta de una sola acción (La educación, pp. 108, 109). Dios es fiel a su pacto con su pueblo. Su palabra es infalible. Si su pueblo sufre es por olvidar el consejo divino y seguir su propia sabiduría humana. Sus oraciones no pueden alcanzar el trono si existe rebelión y desobediencia en sus vidas. Cristo vino del cielo para enseñar las palabras de su Padre a los miembros caídos de su familia, y los que escuchan y obedecen caminan por una senda segura bajo la protección del Señor del cielo. Con el poder de Cristo pueden vencer a cualquier enemigo. Y los que brindan a Dios un servicio fiel, abnegado y obediente, serán bendecidos con la unidad (Review and Herald, abril 8, 1902).
Miércoles 26 de septiembre: Restauración En el momento alegre de la restauración, las tribus del dividido Israel habrían de ser reunidas como un solo pueblo. El Señor iba a ser reconocido como príncipe sobre "todos los linajes de Israel". Declaró él: "Y ellos me serán a mí por pueblo... Regocijaos en Jacob con alegría, y dad voces de júbilo a la cabeza de gentes; haced oír, alabad, y decid: Oh Jehová, salva tu pueblo, el resto de Israel. He aquí yo los vuelvo de tierra del aquilón, y los juntaré de los fines de la tierra, y entre ellos ciegos y cojos... Irán con lloro, mas con misericordias los haré volver, y harélos andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán: porque soya Israel por padre, y Efraín es mi primogénito" (Jeremías 31:1,7-9). Humillados ante las naciones, los que una vez habían sido reconocidos como más favorecidos del cielo que todos los demás pueblos de la tierra iban a aprender en el destierro la lección de obediencia tan necesaria para su felicidad futura. Mientras no aprendiesen dicha lección, Dios no podía hacer por ellos todo lo que deseaba hacer. "Te castigaré con juicio, y no te talaré del todo" (Jeremías 30: 11), declaró al explicar el propósito que tenía al castigarlos para su bien espiritual. Sin embargo, los que habían sido objeto de su tierno amor no quedaron desechados para siempre; y delante de todas las naciones de la tierra iba a demostrar su plan para sacar victoria de la derrota aparente, su plan de salvar más bien que de destruir (Profetas y reyes, pp. 348, 349). Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y transplantado de nuevo a Sión. Previó el tiempo en que el Señor renovaría su pacto con ellos, y dijo: "Su alma será como huerto de riego, ni nunca más tendrán dolor" (Jeremías 31:12). Jeremías mismo escribió, acerca de su llamamiento a la misión profética: "Extendió Jehová su mano, y tocó sobre mi boca; y díjome Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre gentes y sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar" (Jeremías 1:9, 10). Gracias a Dios por las palabras "para edificar y para plantar". Por su medio, el Señor aseguró a Jeremías que tenía el propósito de restaurar y sanar. Severos iban a ser los mensajes que debería dar durante los años que vendrían. Habría de comunicar sin temor las profecías de los juicios que se acercaban rápidamente. Desde las llanuras de Sinar iba a soltarse "el mal sobre todos los moradores de la tierra". Declaró el Señor: "Proferiré mis juicios contra los que me dejaron". (Vers. 14, 16). Sin embargo, el profeta debía acompañar estos mensajes con promesas de perdón para todos los que quisieran dejar de hacer el mal (Profetas y reyes, pp. 300, 301).
Jueves 27 de septiembre: Promesas del nuevo pacto Los términos del pacto antiguo eran: Obedece y vivirás. "El hombre que los hiciere, vivirá en ellos" (Ezequiel 20: 11; Levítico 18:5); pero "maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para cumplirlas" (Deuteronomio 27:26). El nuevo pacto se estableció sobre "mejores promesas", la promesa del perdón de los pecados y de la gracia de Dios para renovar el corazón y ponerlo en armonía con los principios de la ley de Dios. "Éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en sus entrañas, y escribiréla en sus corazones; y... perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado" (Jeremías 31:33, 34). La misma ley que fue grabada en tablas de piedra es escrita por el Espíritu Santo sobre las tablas del corazón. En vez de tratar de establecer nuestra propia justicia, aceptamos la justicia de Cristo. Su obediencia es aceptada en nuestro favor. Entonces el corazón renovado por el Espíritu Santo producirá los frutos del Espíritu. Mediante la gracia de Cristo viviremos obedeciendo a la ley de Dios escrita en nuestro corazón. Al poseer el Espíritu de Cristo, andaremos como él anduvo. Por medio del profeta, Cristo declaró respecto a sí mismo: "El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agrado; y tu ley está en medio de mis entrañas" (Salmo 40:8). Y cuando entre los hombres, dijo: "No me ha dejado el Padre; porque yo, lo que a él agrada, hago siempre" (S. Juan 8:29) (Patriarcas y profetas, p. 389). Sólo había un remedio para el castigado Israel, y consistía en que se apartase de los pecados que habían atraído sobre él la mano castigadora del Todopoderoso, y que se volviese al Señor de todo su corazón. Se le había hecho esta promesa: "Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra" (2 Crónicas 7:13, 14). Con el fin de obtener este resultado bienaventurado, Dios continuaba privándolos de rocío y lluvia hasta que se produjese una reforma decidida (Profetas y reyes, p. 93). "Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Jeremías 31 :33). Cuando la ley de Dios está escrita en el corazón, se manifiesta mediante una vida pura y santa. Los mandamientos de Dios no son letra muerta. Son espíritu y son vida, y someten la imaginación y hasta los pensamientos a la voluntad de Cristo. El corazón en el cual estén escritos será guardado con toda diligencia porque de él mana la vida. Todos los que amen a Jesús y guarden sus mandamientos tratarán de evitar hasta la misma apariencia del mal, no porque estén obligados a hacerla, sino porque estarán copiando un modelo puro y sentirán aversión por todo lo que no esté de acuerdo con la ley escrita en sus corazones. No manifestarán suficiencia propia, sino que confiarán en Dios, el único que puede librarlos del pecado y la impureza. La atmósfera que los rodee será pura; no contaminarán sus propias almas ni la de los demás. Se complacerán en obrar con justicia, en amar misericordia y en humillarse para andar con Dios. El peligro que acecha a los que viven en estos últimos días es la ausencia de religión pura, la falta de santidad de corazón. No han aceptado el poder convertidor de Dios para que transforme sus caracteres. Profesan creer las sagradas verdades, tal como la nación judía, pero al no poner en práctica la verdad, ignoran tanto las Escrituras como el poder de Dios. El poder y la influencia de la ley de Dios están en tomo de ellos, pero no dentro de sus almas, para renovarlos en verdadera santidad (Cada día con Dios, p. 146).
Viernes 28 de septiembre: Para estudiar y meditar El hogar adventista, pp. 483-494.
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