LA REDECILLA EXTRAVIADA

 

Sucedió hace muchos años, en el norte de California. Elena White, mensajera del Señor, vivía en Healdsburg a unas pocas cuadras de nuestro nuevo Colegio. Como su esposo, el pastor White había muerto, la señora White invitó a varias señoritas jóvenes para vivir en su hogar, mientras asistían a la escuela. Entre ellas había una joven de notable habilidad que enseñaba algunas clases en la escuela.

¡Cómo disfrutaba esta joven la vida en el hogar de la señora White! Era una casa grande de dos pisos, rodeada de un hermoso jardín y de árboles frutales. La señora White era una madre comprensiva, de un gran corazón para las jóvenes que vivían con ella. Todo marchó bien por unos pocos meses. Mas algo sucedió. Mientras esta chica pasaba por el dormitorio de la señora White, al hacer un mandado, vio algo sobre el tocador lo cual codició mucho. Se detuvo, lo miró y entre más lo miraba más sentía quererlo. Al ver que nadie la observaba estiró su mano y lo tomó para sí.

¿Y qué era? ¿Un reloj, o algo de valor? No, era solamente una redecilla para el cabello. Las mujeres de ese tiempo a menudo usaban una redecilla para mantener en compostura su cabello. Era una redecilla de seda, bien hecha. La señora White no la echaría de menos, pensó ella. Además era algo que tanto había deseado tener. Salió del cuarto de la señora White con la redecilla en su puño y yendo a su cuarto abrió su baúl y la guardó en él. Cerró el baúl y continuó haciendo sus deberes. Pero ya no había una canción en su corazón gsaben por qué? Ese mismo día unas horas más tarde, la señor White comenzó a prepararse para salir. Se cepilló el cabello y pensó ponerse la redecilla como era costumbre en aquellos días, pero no pudo hallarla en ningún lado. No estaba en el tocador, ni en gaveta alguna. La buscó arriba, abajo, detrás, adelante y no la halló; se le había perdido. Dándose por vencida, salió sin su acostumbrada redecilla.

Esa noche a la hora del culto, las jóvenes se reunieron con la señora White alrededor de la chimenea. A menudo, durante el culto, les contaba una historia de los primeros días del Movimiento Adventista. fCómo disfrutaban de ese momento! Mas esa noche la señora White tenía una pregunta para ellas. gAlguna de ustedes ha visto mi redecilla? Estaba encima de mi tocador en la recámara. Cuando fui a buscarla donde la dejé no la hallé. No pudo haberse ido sola. Alguien debe haberla tomado. Nadie pareció saber algo de la redecilla, pues ninguna comentó nada, nadie habló. Había una damita entre ellas que no deseaba que la señora White hablara acerca de la redecilla. El asunto fue dejado a un lado. Unos dos días más tarde, mientras la señora White estaba pasando por el dormitorio de esta niña, una voz

pareció decirle: "Levanta la tapa de ese baúl. Pero ese baúl no era de su propiedad. Jamás debería ni siquiera mirar dentro del baúl de otra persona. Otra vez la voz pareció decirle: "Levanta la tapa de ese baúl". Ahora reconoció que era la voz del ángel y debía obedecer. Abrió el baúl. En efecto, allí estaba la redecilla extraviada. Cerró el baúl y siguió con sus tareas. Esa noche, cuando la familia se reunió otra vez en el culto, la pregunta de la redecilla surgió nuevamente: "gAlguien sabe donde está mi redecilla? Estoy segura que puede ser hallada. No se pudo extraviar sola" No hubo respuesta alguna. Nadie parecía saber algo de la redecilla extraviada. La señora White no presionó más sobre el asunto. Una de las jovencitas si estaba preocupada, y en su corazón propuso destruir la redecilla,no fuera a suceder que la señora White descubriera dónde estaba.

Unos pocos días más tarde, la señora White estaba sentada en la sala, frente al fuego de la chimenea ocupada en escribir. Por varias horas había estado escribiendo y su mano estaba cansada, también sus ojos y su mente. Dejó su pluma, miró hacia el fuego y entonces tuvo una visión que duró segundos. Esta fue una de las visiones más cortas de las que le fueron dadas. En la visión vio la mano y el brazo de una niña. En la mano estaba la redecilla. Vio también sobre la mesa una lámpara de petróleo encendida. Miró la redecilla en la mano de la niña, y vio cómo lentamente la redecilla fue puesta en la llama de la lámpara y en segundos fue consumida por el fuego y desapareció. La visión había concluido. La señora White se encontró nuevamente en la sala junto al fuego.

Esa noche la familia estaba reunida alrededor del fuego. La señora White preguntó de nuevo acerca de la redecilla. "¿Alguien sabe lo que ha pasado con la redecilla?" Alguien debería saber, pero nadie dijo nada. La señora White abandonó el tema.

Unos momentos más tarde, la señora White llamó aparte a la niña en cuyo baúl había visto la redecilla. Le contó de la voz que le había hablado. Le dijo lo que vio al abrir el baúl. Le contó de la visión que había tenido y lo que en ella se le había mostrado respecto al fin que había tenido la redecilla al consumirse en la llama de la lámpara.

La muchacha se puso a llorar. "Sí hermana White" - dijo -"yo tomé la redecilla. Yo la quería tanto y no pensé que usted se daría cuenta de que le faltaba. Pero cuando usted comenzó a preguntar sobre el asunto, temí que descubriera que yo la había tomado; así que decidí quemarla prestamente en la llama de la lámpara, como usted vio en visión. Me dije a mí misma. "Ahora nadie sabrá acerca de la redecilla". ¡Qué error cometí!

Dios que creó la tierra y sostiene a los mundos en sus órbitas, mandó a su ángel para dar a Elena White una visión por un asunto aparentemente sin importancia. Pero no era un asunto sin importancia. El alma de una jovencita estaba en peligro mortal. Era miembro de iglesia, iba a la Escuela Sabática, y a la iglesia; era una Adventista del Séptimo Día, y sentía que era una buena cristiana, pero no se daba cuenta que tenía defectos de carácter que tenía que corregir. Cuando vio que Dios la amaba tanto que estuvo dispuesto a enviar a su ángel a esta tierra con una visión para la hermana White, comenzó una relación diferente con Jesús.

¡Cuán importantes son las cosas pequeñas para Dios! No solamente confesó su pecado de robo, sino que esta experiencia se tornó en una experiencia decisiva para su vida.

Entregó su corazón a Dios, vivió una vida cristiana amable y consecuente por el resto de su vida.

 

 

 

 

 

 

 

Centro de Investigaciones

Elena G. de White

27 de marzo de 1992