LA FELIGRESIA DE UN MIEMBRO
DETERMINADA POR
SU RELACION CON EL ESPIRITU DE PROFECIA

 

Al estudiar la doctrina de los dones espirituales y su manifestación en la iglesia, surge la siguiente pregunta: ¿La fe en esta doctrina se constituye en prueba de discipulado?

Aquellos que desean pertenecer a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, debieran ser cuidadosamente instruidos en todas las verdades del evangelio. Ante todo, deben saber que Cristo es su Salvador y que sus pecados han sido lavados por la sangre vertida en la cruz. Se les debe enseñar que la prueba de su fe y amor se halla en la obediencia voluntaria a los requerimientos divinos. Deben saber que la ley de Dios puede ser obedecida si ésta es escrita en las tablas del corazón por el Espíritu Santo. Debieran saber qué significa hacer un pacto con Dios. Deben conocer las profecías, especialmente aquellas que tienen que ver con la Segunda Venida de Cristo.

A los candidatos se les debe enseñar que ahora son de Cristo y que no viven para sí mismos. Por lo tanto, deben honrarle en su forma de hablar, de vestir, de comer, etc. aún en el uso del dinero deben demostrar que comprenden los principios más simples de la mayordomía. Su tiempo, sus habilidades, todo pertenece a Dios. El servicio a Dios y al prójimo deberá ser su principal objetivo en esta vida. Además a los candidatos se les debe instruir acerca de la organización de la iglesia, sus reglamentos y disciplina. La historia de la iglesia ha de ser comprendida.

La doctrina de los dones espirituales deberá ser hecha clara a todo aquel que desea pertenecer a la Iglesia Adventista. Juntamente con el estudio de los dones espirituales, al candidato se le debe enseñar que la Iglesia Adventista del Séptimo Día desde muy temprano en su historia, ha aceptado la manifestación del Espíritu de Profecía en la vida, obra y escritos de Elena G. de White. La fe de la iglesia se basa en lo que la Escritura dice en Joel 2:28-30 y Apocalipsis 12:17.
Y, puesto que el ministerio de Elena G. de White ha estado entretejido con el desarrollo de la Iglesia Adventista, todos los candidatos se deberán relacionar con dicho ministerio, el cual ha resultado en una señalada bendición para este movimiento a través de los años. Se les debiera proveer de libros tales como El Camino a Cristo y El Deseado de Todas las Gentes, entre otros.

Cuando se instruye de esta manera a los candidatos, las dudas se desvanecen y el Espíritu de Profecía no llega a ser un obstáculo para quien desea pertenecer a la Iglesia. Mas si después de ser plenamente instruido, un candidato que desea ser miembro de la iglesia, llega a la conclusión de que no tiene suficiente fe para cree en Elena G. de White como mensajera de Dios, naturalmente no querrá echar su suerte con una iglesia que sostiene esta doctrina como parte de sus creencias fundamentales. Entonces se le ha de animar a que espere, hasta que tenga la oportunidad y el tiempo para un estudio más maduro al respecto.

 

RARA EXCEPCION

Si, por otro lado, muestra simpatía para con la iglesia y sus miembros, acepta los programas, la organización, sus políticas, pero todavía tiene dudas respecto al Espíritu de Profecía y no se opone a los que creen en esta doctrina y respeta sus convicciones, no necesariamente se le debe negar el privilegio de ser bautizado.

El pastor J. N. Andrews registró la actitud debida sobre este asunto en las siguientes palabras:

"Al recibir a los miembros en nuestras iglesias deseamos que sobre este particular sepan dos cosas:

l. Que crean en la doctrina bíblica de los dones espirituales.

2. Que con honestidad y franqueza se relacionen con las visiones de Elena G. de White, quien ha jugado un papel muy importante en la obra de la iglesia. Creemos que todo aquel que es instruido de esta manera será guiado en el camino de la verdad y la justicia. Y los que desean investigar más sobre el tema antes de decidir, se les debe dar todo el tiempo que soliciten a fin de decidir con madurez" Review and Herald, 15 de febrero de l870.

Los Dones Espirituales y la Feligresía

Con respecto a esta fase del asunto, la mensajera del Señor en 1862 dio el siguiente consejo:

En la última visión que me fue dada en Battle Creek, se me mostró el curso tomado en relación con el grupo de Marquette, Wisconsin, en ocasión de la organización del grupo como iglesia. Había entre el grupo quienes eran hijos de Dios y sin embargo dudaban de las visiones. Otros no se oponían. Sin embargo, no se atrevían a tomar una posición definida respecto a los mismos. Algunos eran escépticos y tenían razón por serlo. Los movimientos fanáticos que presenciaron, las falsas visiones y sus consiguientes frutos habían bloqueado su fe en todo aquello que llevara el nombre de visiones. Todo esto debería ser tomado en consideración y no se hizo. No se les debería haber compelido a aceptar las visiones ya que con justicia tenían razones para sus prejuicios. A los tales no se les debería privar de los beneficios y privilegios de la iglesia, si su testimonio cristiano era correcto y poseían un carácter cristiano.

El pueblo de Dios no debiera renunciar ni someter su libertad por unos cuantos que no aceptan lo que la iglesia enseña. Dios ha colocado los dones en la iglesia para que ésta se beneficie, pero cuando los profesos creyentes en la verdad se oponen a estos dones y pelean en contra de las visiones, o las almas están en peligro por su influencia, es tiempo de trabajar por estos desafectos, a fin de que los débiles no tropiecen por la influencia de ellos.

No una Regla Inflexible

Se me mostró que algunos, especialmente en Iowa, hacen de las visiones una regla con la cual miden todo, y han tomado un curso de acción que ni mi esposo ni yo jamás pensamos. Algunos no saben de mis labores y mi persona y son muy escépticos a cualquier cosa que lleve el nombre de visiones. Esto es natural y la fe, sólo en este caso, puede ser a base de experiencia. Si las personas no están convencidas respecto a las visiones, no se les debe atribular por ello. El curso a seguir con tales personas se esboza en Testimonios No. 8 pp. 328, 329, que espero sea leído por todos.

Así pues en Iowa las cosas no se han manejado como conviene. Ha habido inconsistencia de parte de algunos. Se ha pedido que respalden las visiones a personas que conscientemente no están convencidas de las mismas, y en esta forma, almas honestas han sido orilladas a tomar posiciones adversas en contra de mi labor, y en contra de la iglesia que, de otra manera, jamás hubieran tomado si se les hubiera conducido en forma diferente.

Algunos de nuestros hermanos han tenido por mucho tiempo una larga experiencia con la verdad, y por años han estado relacionados conmigo y han recibido la influencia de las visiones. Han comprobado la certeza de los Testimonios y han afirmado su fe en ellos. Han sentido la poderosa influencia del Espíritu de Dios descansando sobre ellos a fin de constatar la verdad de las visiones. Los tales, si alguna vez son reprobados mediante una visión, se levantan en contra de ellas y trabajan "por debajo del agua" para socavar su influencia. A los tales se les debería tratar de redimir con caridad y tacto, pues su influencia es peligrosa para los faltos de experiencia. Ibid, pp. 382, 383.

El Testimonio de los Primeros Dirigentes

En plena armonía con las citas arriba anotadas hay declaraciones hechas por los dirigentes, a través de los años, de los cuales anotamos dos. La primera hecha por Jaime White: "Los Adventistas del Séptimo Día creemos en la perpetuidad de los dones espirituales. Los adventistas creen que el don de profecía se ha manifestado en la señora White, y que a ella se le ha encomendado una tarea especial en este tiempo y para este pueblo.

Sin embargo, ellos no hacen de tal fe en esta obra, una prueba de discipulado cristiano. Más, después que los hombres y las mujeres han tenido evidencia de que la obra es de Dios y no obstante se unen a los que pelean contra ella, la iglesia tiene el deber y el derecho de separar de la iglesia a los tales, de tal forma que ellos pueden disfrutar de sus sentimientos en paz y quietud" Review and Herald, 13 de junio de 1871.

Sobre lo mismo el pastor J. N. Andrews también anotó. "Jamás hacemos de estos dones una prueba para el mundo, tampoco en nuestras relaciones con otros grupos religiosos que luchan por agradar a Dios. Hacemos de estos dones una prueba de carácter cristiano. No exigimos a ninguna persona creer en lo que para nosotros son manifestaciones de la obra del Espíritu de Dios.

Hay sin embargo, una cosa y es, que si a algunos, Dios en su providencia les ha dado la oportunidad de estar relacionados con esta manifestación del Espíritu de Dios de tal manera que la luz haya brillado clara, convincente y satisfactoriamente, para tales personas consideramos los dones del espíritu una prueba de su experiencia cristiana. No sólo les ha hablado Dios, sino que ha tenido la oportunidad de constatar los hechos y los han visto por experiencia.

En tales casos los dones espirituales son manifiestamente una prueba que no puede ser desatendida excepto a costo del peligro de su ruina eterna" Review and Herald, 15 de febrero de 1870.

Desfraternizando Miembros

¿Deberá la Iglesia desfraternizar a alguien que no cree en la obra de Elena G. de White?

Esta pregunta está estrechamente relacionada con las anteriores y se aplican los mismos principios. En la práctica de la iglesia, no ha sido usual el desfraternizar a alguien porque no reconoce la doctrina de los dones espirituales en la iglesia, particularmente el don de profecía manifestado en Elena G. de White. Sin embargo, si alguien comienza a propagar un espíritu de duda y comienza a oponerse a lo que la iglesia enseña y cree respecto a los dones espirituales, la iglesia, primero tiene que trabajar en bien de tal hermano o hermana en la misma forma como se trabajaría en bien de quien se opone a cualquier otra doctrina de la iglesia. Este hermano o hermana llega a ser motivo de trabajo y oración, no por su falta de fe en el Espíritu de Profecía, sino por su espíritu de contentación y oposición a las verdades sostenidas por la iglesia.

Los Pastores y la Fe de la Iglesia

Una tercer pregunta se levanta que también tiene relación con las anteriores y que es digna de consideración: ¿Es permitido que un obrero o pastor continúe al servicio de la iglesia adventista ostentando su credencial o licencia ministerial si no cree, o ha perdido la fe en la obra de Elena G. de White?

No es permitido, desde luego. La fe en la doctrina de los dones espirituales ha caracterizado a los creyentes en este movimiento desde su origen. El Espíritu de Profecía ha sido manifiesto en esta iglesia como prueba de estos dones. El ejercicio de estos dones ha tenido mucho que ver en la conformación y el molde de este movimiento.

Bajo la dirección de Dios el don de profecía ha sido un factor muy importante para salvaguardar a la iglesia de desunión y de fracasos en tiempos de crisis, y la ha motivado para desempeñar su actividad misionera y para consolidar el celo y la vida espiritual de sus miembros.

Estrictamente relacionado a la vida e historia de este movimiento desde sus primeros días ha estado el don de profecía, por lo tanto sería inconsistente para cualquier pastor denigrar esta experiencia y al mismo tiempo conservar su credencial o licencia y continuar al servicio de la iglesia en forma oficial. Al no tener fe en el don que Dios ha querido conceder a su pueblo, no sería capaz de transmitir a la humanidad la instrucción que Dios envía a su iglesia a través de este don. Nos parece que la pérdida de la fe en este don por parte de un pastor, aún si el asunto permaneciera oculto para los hermanos a quienes ministra, le haría que por honestidad entregara sus credenciales y cesara sus labores para las cuales fue llamado. Las credenciales que la iglesia concede a un ministro se le dan no con el propósito de representar sus ideas particulares, sino para que con autoridad predique el evangelio; el eterno. No el que predican los bautistas, los metodistas, los mormones u otros grupos religiosos, sino el evangelio que cree y predica la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Mientras que la falta de fe en el don profético, o aun en la doctrina de los dones espirituales puede ser pasado por alto para cualquier miembro de la iglesia y así conservar su feligresía; no se puede con justicia ignorar o pasar por alto el caso de aquellos que han sido escogidos para ocupar posiciones de responsabilidad en forma oficial dentro de la iglesia. El liderazgo involucra solemne responsabilidad y la iglesia tiene el derecho de demandar a aquellos que están en posiciones de confianza e influencia que sean ejemplo a los fieles no solo en la vida y el carácter, pero también la fe. Por lo tanto, mientras que un miembro de iglesia no debiera ser excluido de la misma por no aceptar o reconocer con claridad la doctrina de los dones espirituales y su aplicación al movimiento del segundo advenimiento, nadie que no acepte los principios que encierra la iglesia adventista debiera ser escogido o retenido como representante de la denominación, ya sea este pastor de iglesia, u oficial de instituciones o de asociaciones. La institución u organización que expide las licencias o credenciales tiene el derecho de esperar que en esta relación los que reciben estas credenciales sostendrán los principios y la misma fe del pueblo que los ha llamado y que las sostiene en su obra.

Asunto de Común Honestidad

El Washington Post en un artículo que publicó hace algunos años enunció estos principios muy claramente. El editor, hablando de honestidad común en relación a asuntos eclesiásticos, hace el siguiente comentario en forma pertinente y sensible respecto a estos principios: No es ciertamente asunto de tiranía o persecución por parte de las autoridades religiosas el querer honestidad común en la conducta de sus ministros. Ninguna organización secular permite a sus agentes violar sus normas y socavar sus fuerzas... ningún ministro tiene derecho moral a usar la influencia que le otorga su posición en desparramar disensión entre los miembros de la organización que le concedió las credenciales que ostenta y a cuyo credo ha jurado fidelidad como condición precedente a su ordenación. El mundo es muy grande, y tiene lugar para todo credo y doctrina junto con sus respectivos abogados. A nadie se le compele pertenecer a una iglesia o a predicar una doctrina.

Pero un hombre honesto, que ha sido ordenado a predicar cualquier doctrina en particular, voluntariamente devolverá sus credenciales a la organización que se los otorgó, cuando llega a estar convencido que la doctrina o credo que su iglesia predica, no es la verdad.

 

 

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